Por Usharbudh Arya ( Swami Veda Bharati )
Cuando fui iniciado en el sendero de la Ciencia Solar, solía tener muchas preguntas que hacer a mi gurú.
Para ese entonces mi maestro estaba tratando de fundar un Centro de Meditación en los Estados Unidos. Solía llamarle por teléfono y le decía: “Swamiji tengo esta pregunta… y esta pregunta… y esta pregunta” Él me respondía: “Anota cuidadosamente todas tus preguntas en un papel y cuando vaya a Mineápolis te las contestaré una por una.”
Cuando llegó al Centro de Mineápolis que habíamos establecido juntos, se dirigía al grupo y les decía que yo era el discípulo principal; pero cuando le pedía un poco de tiempo para que diera respuesta o solución a mis inquietudes y dudas, me decía que no tenía tiempo, se rodeaba de muchos estudiantes y no me dirigía la palabra. Finalmente me decía: “Hoy no puedo, esta noche, vente a las 10:30 y de seguro te contesto todas tus preguntas. A la noche, para cuando llegaba donde él, ya estaba rodeado de muchos discípulos y me volvía a repetir: “Lo siento, ahora estoy ocupado, mañana…” Y luego agregaba: “Mañana a las 10:30”. El día de mañana otra vez volvía a la hora señalada y nuevamente me encontraba con la misma escena: se hallaba rodeado de sus discípulos. Me volvía a repetir: “¡Oh lo siento! Te quiero mucho pero… hoy no puedo… mañana”. Y la historia se repitió por unos tres o cuatro días más.
Hoy que estoy al frente de todos aquellos estudiantes, como Director del Centro de Mineápolis, recuerdo cómo en aquella ocasión cuando hube llegado a la habitación donde se hallaban reunidos los estudiantes con mi gurú, les dijo: “Muy bien. Salgan todos por favor. Pues, ahora me toca a mí”. Mi maestro tomó asiento y sonriendo me invitó a que me pusiera cómodo y luego dijo: “Bueno haz tus preguntas”. Yo solía llevar siempre conmigo el papelito con las preguntas anotadas, no sabiendo cuándo mi maestro se decidiría a contestármelas. Así es que, metiendo la mano en el bolsillo saqué mis preguntas, pero al leerlas me parecieron tan tontas! Me sentí pensativo sin saber qué hacer, y mi maestro insistió: “Haz ahora tus preguntas”. Me quedé callado. Y el maestro insistió más: “Haz ahora tus preguntas”. Me quedé callado. Y el maestro insistió más: “Haz ahora tus preguntas”. Saqué el papel y lo guardé en el bolsillo. Sonreí… y no respondí, y pues le dije: “No tengo más preguntas”. Y el maestro me tocó la frente y sonrió. No dijo nada más. Así es como enseñan los grandes maestros. Y les podría narrar episodios enteros en los que mi maestro me transmitía sabiduría. Me enseñó a tener calma.
Como discípulo suyo, vivía en su Ashram haciendo las pequeñas cosas que él necesitaba. La casa era de dos pisos y él ocupaba una pieza del segundo piso. En cierta ocasión me llamó a su habitación. Yo subí apresuradamente las escaleras y al llegar a su habitación, me dijo: “Quiero que me consigas una llamada”. Tomé el teléfono de la pieza pero él, con el tono algo serio, me dijo: “¡No desde allí, de abajo, quiero desde allí!” Bajé corriendo y cuando estaba a punto de hacer la llamada, oí que me gritaba: “Usharbuddh… Usharbuddh! Volví a las escaleras y me dijo: “Siéntate y escribe esta carta que te voy a dictar.” No había comenzado aún la nueva tarea cuando me dijo: “¿Hiciste la llamada?”. Inmediatamente protesté: “¡Pero Swamiji…!” Él simplemente me dijo: “Permanece en calma”. Y comprendí lo que me quería enseñar.
Los maestros nos ponen a través de estas dificultades y después nos enseñan. No se sienta a dar lecciones. Nos instruyen en la Escuela de la Vida. Estar en contacto cercano con un maestro es un problema! Limpia de escoria al discípulo y purifica su mente. Uno no puede jactarse de ser lo suficientemente fuerte como para resistir el fuego de la prueba; pues el maestro conoce justamente las debilidades del discípulo. Y esas combate con todo el rigor.
Recuerdo en cierta ocasión cuando mi maestro me envió una carta en la que, con fuertes críticas me acusaba de no tener inspiración: me decía que no era bueno, que mis conferencias eran vacías, que mis libros eran carentes de sentido, que no decían nada. Dos hojas condenatorias con este tipo de críticas. Yo tomé la carta, la leí y luego la guardé, pero no envié contestación. Al día siguiente, le llama a mi esposa y le pregunta: “¿Recibió Usharbuddh mi carta?”
—Sí Swamiji, contesta mi esposa. Él insiste: “¿No se puso molesto?”
—No Swamiji, vuelve a responder mi esposa. Finalmente agrega: “¿Cómo es posible que no se haya puesto molesto?” Después de dos días vuelve a llamar nuevamente. Mi esposa contesta el teléfono: “¿Ha visto mi carta?”, pregunta mi maestro.
—Sí Swamiji, contesta mi esposa.
—“¿Estuvo molesto?”, pregunta mi maestro.
—No se puso molesto, contesta mi esposa.
De esta manera prueba un maestro a su discípulo. Luego el discípulo está listo para el siguiente paso.
Un maestro siempre nos enseña a través de lo que llamamos un enigma: nos ponen entre dos situaciones conflictivas, y uno tiene que saber resolver el problema. La vida también enseña de la misma manera: a través de los conflictos de la vida, el Eterno Gurú, nos presiona constantemente a resolver las paradojas. Y eso es precisamente lo que la palabra SAMADHI quiere decir: resolver.
Espero que todos vosotros lleguéis a realizar vuestro propósito en esta vida. No importa que lo consigáis un segundo antes de vuestra muerte. Si así lo hiciereis, habréis triunfado.
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