El día de ayer, 9 de julio de 2026, en el auspicioso día de la desaparición de Srivas Pandit, a las 7:41 a. m. (hora de Chile), Srila Bhaktikavi Atulananda Acharya Swami dejó su forma física.
Nacido en Chile en 1952, consagró toda su vida a la misión de su maestro espiritual, Srila Prabhupada.
Conocí a Srila Atulananda Maharaja aproximadamente en 1994.
Para entonces, yo ya practicaba yoga desde hacía varios años, siguiendo la guía espiritual de mi maestro, el Padre César Dávila, en la Asociación Escuela de Autorrealización de Guayaquil.
En aquella época había entablado una sincera amistad con los devotos de Krishna de Vrinda —que entonces se llamaba Instituto Superior de Estudios Védicos—, ubicados en las calles Carchi y Quisquís, en el centro de la ciudad de Guayaquil.
Como buscador espiritual, profundamente interesado en la filosofía de Oriente, disfrutaba, como sigo disfrutando hasta el día de hoy, de conversar con practicantes espirituales pertenecientes a otros linajes yóguicos.
Recuerdo con especial cariño a mis amigos de aquel templo: Jai Bali, Rebatinath y su hijo Shyama Sundara, Rupamanjari y muchos otros. Sin embargo, ellos eran quienes mantenían conmigo una relación más cercana.
Siempre me tuvieron en alta estima. Con frecuencia me invitaban a conocer a los acharyas y maestros espirituales de su tradición, quienes visitaban regularmente el templo. Además, recibía un trato muy especial: los gurús me recibían en privado y me brindaban atenciones que, al menos yo, nunca vi que ofrecieran a otras personas.
Fue así como tuve la oportunidad de conocer a Atulananda Maharaja en una conversación privada.
Recuerdo que entré en la habitación, ofrecí respetuosamente mis reverencias con un pranam y lo saludé con la tradicional expresión: «Hare Krishna».
Atulananda Maharaja estaba sentado detrás de un escritorio. Parecía haber estado escribiendo antes de mi llegada.
Mi primera impresión fue muy positiva. Era un hombre sencillo, aunque también elegante en sus maneras; de semblante sereno, sonrisa sincera y conversación refinada, incluso poética, pero al mismo tiempo dueño de una mente profundamente práctica.
Desde el inicio percibió que yo me encontraba firmemente arraigado en mi propio sendero espiritual; es decir, que no tenía interés en incorporarme a su escuela ni adoptar sus tradiciones, aunque sí mantenía una actitud abierta para escuchar, aprender y enriquecerme con las enseñanzas de otros caminos espirituales.
Conversamos acerca de su propia búsqueda espiritual. Me contó que, en sus comienzos, había sentido un profundo interés por el hatha yoga y que había estudiado las enseñanzas de diversos maestros y corrientes espirituales, entre ellos Swami Vivekananda. Sin embargo, me confesó que, una vez que conoció el sendero del bhakti-yoga enseñado por Srila Prabhupada, su vida tomó un rumbo que jamás habría imaginado.
También me preguntó acerca de mi escuela y de mi tradición espiritual. Hablamos del encuentro entre el yoga y el cristianismo, del Padre Dávila, de mi maestro, del sendero de la meditación y del bhakti.
Con gran gentileza me obsequió un ejemplar de su libro Vaisnavismo y Cristianismo, obra en la que explora las profundas afinidades entre ambas tradiciones.
El eje central del libro es la convicción de que todas las religiones revelan verdades universales y que, de manera particular, el vaisnavismo y las enseñanzas de Jesucristo comparten una misma esencia: el amor al Creador. Eso es, en definitiva, el bhakti-yoga.
Otro hermoso regalo que recibí de él fue una fotografía tamaño carnet de Srila Prabhupada, la cual aún conservo con cariño en mi espacio de meditación.
Era un extraordinario conversador: franco, cercano y auténtico. En ningún momento percibí en él el menor indicio de fanatismo ni el deseo de convencerme para abrazar su tradición. Esa actitud contrastaba con la de otros swamis de la misma escuela con quienes también tuve la oportunidad de conversar y con los cuales nunca llegué a sentir verdadera afinidad.
Al despedirnos, me felicitó sinceramente por mi camino espiritual, me ofreció sus bendiciones y ambos nos retiramos con una profunda sensación de gratitud.
Volví a verlo un par de veces en los años posteriores y siempre encontré en él la misma honestidad, sencillez y transparencia.
Hoy, al escribir estas líneas, me entristece profundamente que el mundo vaisnava y también el mundo secular hayan perdido a un ser humano tan noble y espiritualmente elevado como lo fue Srila Bhaktikavi Atulananda Maharaja.
Fue director fundador de la Congregación Sarasvat Gaudiya Seva. Publicó numerosos libros, ensayos sobre bhakti-yoga, poemas devocionales y traducciones poéticas al español de textos fundamentales y cantos esenciales del vaisnavismo. Entre sus obras destaca, en inglés, Bhagavad Gita: A Poem for the Soul (2018).
Su biografía nos cuenta que fue hijo de un diplomático y que pasó su infancia y adolescencia en distintos países. A los quince años, mientras vivía en Bélgica, abrazó el yoga como camino espiritual.
Desde su encuentro con Swami Prabhupada, dedicó su vida a recuperar la práctica original del yoga como un sendero hacia el bhakti-yoga, cuyo cultivo constituyó siempre el propósito fundamental de la escuela Sarasvat Gaudiya Seva.
Fue discípulo directo de Srila A. C. Bhaktivedanta Swami Prabhupada y también de su hermano espiritual, Srila Bhakti Raksak Sridhar Dev-Goswami Maharaj, a quienes procuró honrar permanentemente mediante una vida de servicio, fidelidad y entrega.
Deja tras de sí cientos de discípulos y devotos, especialmente en el mundo hispanohablante, quienes siempre lo recordarán como un gurú y acharya de absoluta dedicación, integridad y compromiso espiritual.
Presento mis más humildes reverencias a los pies de loto de Srila Bhaktikavi Atulananda
Maharaja.
Hare Krishna.
Con amor,
Arjuna