Existe una historia muy bella y profunda de la tradición de Vrindavan que nos revela el misterio del amor divino.
Nārada, el gran sabio, el eterno peregrino de los mundos, el cantor del nombre de Nārāyaṇa, escuchó una noche el sonido de la flauta de Krishna. Ese sonido no era música común. Era una llamada que atravesaba el corazón mismo de la existencia.
Siguiendo ese canto, Nārada llegó hasta el lugar donde Krishna estaba danzando el Rāsa Līlā con las gopīs, bajo la luz de la luna llena.
Nārada observó maravillado aquella danza divina. Cada gopī estaba con Krishna, y al mismo tiempo Krishna estaba con todas. Era un misterio imposible de comprender con la mente.
Entonces, lleno de devoción, Nārada intentó acercarse para entrar en la danza.
Pero no pudo.
Una fuerza invisible se lo impedía.
Krishna, viendo su anhelo sincero, se acercó a él y le dijo con dulzura:
“Nārada, este līlā no puede ser comprendido ni vivido desde la posición del sabio. Solo puede entrar quien ama como aman las gopīs.”
Nārada preguntó entonces qué debía hacer.
Krishna le indicó que fuera a un lago sagrado de Vrindavan, llamado Kusum Sarovar, el lago de las flores.
Nārada caminó hasta ese lugar sagrado. En silencio, entró en sus aguas.
Y cuando emergió…
ya no era Nārada.
Se había transformado en una gopī.
Su corazón ya no era el del sabio que conoce.
Era el del amante que ama.
Solo entonces pudo entrar en el Rāsa Līlā.
Solo entonces pudo comprender.
No con la mente.
Sino con el alma.
Después de esa experiencia, Krishna le permitió volver a su forma original. Pero Nārada ya no era el mismo. Había descubierto que el conocimiento más alto no es el del intelecto, sino el del amor.
Esta historia nos recuerda algo esencial:
Para acercarnos a lo Divino, no basta con conocer.
Es necesario amar.
No basta con observar.
Es necesario rendirse.
No basta con ser sabios.
Es necesario volvernos amantes de lo Eterno.
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Yogarahasya